October 9, 2012
Escribimos como teólogos, académicos y ministros católicos preocupados por nuestra nación y por la integridad de la enseñanza de la iglesia católica romana. Escribimos para enfatizar aspectos de la doctrina social de la iglesia que son profundamente relevantes a los retos que acechan a nuestra nación en estos momentos, pero que peligran ser ignorados. Escribimos para proclamar la verdad católica que nos dice que la buena administración del bien común cae sobre todos nuestros hombros durante un momento en que las ideas de Atlas Shrugged influencian el debate y la política pública. Ésta es una responsabilidad que no atrevemos abandonar. Llenamos estas obligaciones de muchas maneras, pero de manera indispensable, mediante las políticas de nuestro gobierno. Resaltamos estos principios de la doctrina social de la iglesia en la esperanza que su esencia influya de mejor manera nuestros debates políticos.
Los Estados Unidos se encuentra en un punto cumbre cuando los compromisos tradicionales de protección y promoción del bien común de nuestro gobierno está en peligro de ser desmantelado por generaciones. Los promovedores de un gobierno mas pequeño, como el "Tea Party," libertarios, seguidores de Ayn Rand, y otros, traen perspectivas libertarias del gobierno a la corriente principal y de esta manera legitimando formas de indiferencia social. Después de décadas de retórica en anti-gobierno y cortes en los impuestos para desangrar 'a la bestia', hay quienes aún se aprovechan de los problemas fiscales fáciles de predecir para así establecer un orden privado y libertario que reduce a la sociedad a una colección de individuos y que encoje el bien común para encajar con los resultados alcanzados por compañías privadas y a fines de lucro.
La candidatura del congresista Paul Ryan trae la amenaza de esta filosofía social a las puertas de la iglesia. No cuestionamos la fe de Paul Ryan. Sin embargo nos preocupa que aquellos que apoyan a Ryan han sobrepasado el resaltar aquellos aspectos en que sus políticas son consistente con la enseñanza moral católica, y han argumentado que su visión anti-gobierno y de individualismo inspirado por Ayn Rand y las políticas que éstas informan son legítimamente católicas. No lo son.
No escribimos para oponer la candidatura de Ruan o para argumentar que haya razones legítimas para que los católicos voten por él. Nuestra preocupación es que Ryan y sus partidarios católicos deben ser informados - como se les recuerda constante y adecuadamente a aquellos candidatos a favor de la libertad de elección de la mujer y los católicos que votan por ellos – que algunas de sus posiciones están contundentemente en contra de la enseñanza de la iglesia católica.
Nos preocupa que el desacuerdo legítimo de la iglesia con las exenciones inadecuadas para el mandato de contraceptivos de la administración de Obama lleve a algunos obispos a evitar hacer debido escrutinio de los desacuerdos o malentendidos de la doctrina social de la iglesia en las políticas de Ryan. Esto sería un trágico fracaso de la dirección episcopal. Las campañas presidenciales tienen un poder enorme de legitimar sus mensajes. Si se permite promover la visión del congresista Ryan como católica muchos fieles se confundirán y se poniendo en desventaja a nuestra nación respecto a la sabiduría de la iglesia en su amplitud.
El congresista Ryan ha declarado la inspiración de Ayn Rand decididamente. Esto no fue resultado de una fase pasajera de su juventud. Son muy pocos los políticos que expresan una visión tan comprensiva de su filosofía social y los enlaces que la misma tiene con sus prioridades y estrategias políticas como lo hizo el congresista Ryan en sus comentarios a la Sociedad Atlas en su ponencia del 2005. Además de nombrar a Rand como “la pensadora” a la que le atribuiría su entrada al ámbito de servicio público, también comentó que repetidamente regresa a Atlas Shrugged a “verificar sus principios para saber si lo que estoy creyendo y haciendo y promoviendo están en acuerdo con los principios claves del individualismo.” Desde esta perspectiva juzgó de “colectivistas” y “socialistas” a los programas de asistencia social definidos como el Seguro Social y el Medicare. Hizo un llamado a la privatización del Seguro Social y el Medicare hacia programas financiados individualmente para “cambiar las dinámicas de esta sociedad” y formar “creedores en el sistema capitalista individualista.”[1] Estos valores y prioridades de política son evidentes en las diversas resoluciones de presupuestos escritas por él. Los programas de beneficios definidos son un blanco específico porque auspician “dependencia” – un término que invoca cinco veces en su resolución de presupuesto para el 2013. Las preocupaciones del congresista Ryan sobre la creciente deuda federal son admirables. Sin embargo, claramente tenía compromisos filosóficos en contra de programas de redes de seguridad social financiados públicamente independientes de estas preocupaciones fiscales. Dado estos valores es razonable concluir que los cortes profundos de Ryan a Medicaid, Medicare y los sellos de alimentos son prioridades políticas en sí mismas. Entonces, no debe sorprender que los ahorros logrados por estos recortes se ahogan con pérdidas gananciales resultante de nuevos cortes a los impuestos de corporaciones y aquellos con altos ingresos.
La repudiación de Ryan de las políticas ateístas de Ran son admirables, así como lo es su reconocimiento público del pensamiento de Tomás de Aquino y la doctrina social católica. No estamos cuestionando la sinceridad de sus convicciones, pero debemos notar que el cambio de la filosofía de Ayn Rand a la doctrina social de la iglesia católica es verdaderamente un cambio radical. Ese tipo de conversión requiere mucho tiempo y reflexión. Las políticas del congresista Ryan se han mantenido constantes durante este cambio. Esto sugiere que las mismas se mantienen más atadas a los principios sociales de Rand que a Aquino y la iglesia católica. Una clarificación de la esencia substancial de la doctrina social de la iglesia le asistirá a él y otros católicos a discernir estas políticas.
Promovedores de las políticas de Ryan a menudo invocan el concepto de “la prudencia” para argumentar que no hay ningún problema propiamente “católico” con sus políticas, ya que los obispos no tienen competencia para juzgar los detalles de sus propuestas de política. Esto distorsiona el significado auténticamente católico de la prudencia. El Catecismo de la Iglesia Católica define la prudencia como “razón correcta en acción.” Es la virtud por la cual “aplicamos principios morales a casos particulares.” [2] En las palabras de Santo Tomás de Aquino, nadie “puede darle aplicación de una cosa a otra a menos que se sepa tanto la cosa a ser aplicada y la cosa a la que se le será aplicada.” [3] Entonces la prudencia requiere tanto sabiduría respecto a los principios de la doctrina social de la iglesia tanto como atención a los detalles y consecuencias realistas de las políticas.
Aquino también advirtió que la prudencia es un negocio arriesgado. Estamos perennemente tentados a usarla como un escape para alcanzar metas contrarias a nuestros principios profesados. Aquino enseñó que el vicio de “sagacidad” en muchas ocasiones se disfraza de prudencia. La sagacidad usa “medios que no son ciertos, sino ficticios y falsificados” para alcanzar sus fines, “sean buenos o malos.” [4] Por esta razón siempre debemos escudriñar los principios que motivan nuestros actos en materia de prudencia. ¿Son nuestras acciones y políticas consistentes con los ideales que proclamamos? ¿Ó será que una evaluación honesta revelaría que están guiados por motivos poco laudables?
La doctrina social de la iglesia no es simplemente una imperativa de creer en Dios y ayudar a los pobres, para lo cual cualquier propuesta podría reclamar legitimidad al prometer consecuencias positivas. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia establece que la iglesia enseña principios específicos de doctrina social.
Estos principios tienen un carácter general y fundamental, ya que se refieren a la realidad social en su conjunto: desde las relaciones interpersonales caracterizadas por la proximidad e inmediatez, hasta aquellas mediadas por la política, por la economía y por el derecho; desde las relaciones entre comunidades o grupos hasta las relaciones entre los pueblos y las naciones. [5]
Un uso católico de la prudencia requiere que se evalúe la compatibilidad entre las propuestas de política y estas enseñanzas substanciales.
Benedicto XVI expresó el verdadero reto de la prudencia cristiana en su gran encíclica social Caritas in Veritate: la verdad del amor cristiano debe animar todas las dimensiones de la sociedad. Caritas es más que una inspiración genérica, si el amor es la verdad, debe darle forma específica a nuestros actos.
Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario.
Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como los actuales. [6]
La prudencia también requiere consideración de la gama completa de opciones disponibles y una evaluación honesta de los resultados de las propuestas políticas. Luego de décadas de cortes en los impuestos la honestidad requiere que se consideren alzas en los ingresos además de cortes a programas. Los programas del gobierno no son perfectos y deben ser mejorados. Sin embargo las propuestas de cortes y eliminación de programas sin proponer alternativas es exactamente el tipo de indiferencia que condenó Jesús en la parábola del Buen Samaritano y de Lázaro y el Hombre Rico.
Hay muchos principios de la doctrina social e la iglesia que se comunican y se conocen extensivamente. El más principal de todos estos es la santidad y dignidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. Aunque esta doctrina fundamental está lejos de ser implementada adecuadamente en nuestras leyes, no queda duda o confusión sobre la enseñanza de la iglesia sobre este tema. Ofrecemos una lista de principios de la doctrina social católica – no por argumentar su prioridad sobre otros – sino porque juzgamos que éstas están en mayor peligro de ser ignoradas o distorsionadas en el debate público contemporáneo.
Católicos apologistas de un gobierno más pequeño invocan repetidamente un párrafo en específico de Centessimus Annus de Juan Pablo II el cual alerta sobre los excesos de un “estado de asistencia social” ignorado el consenso papal de varias décadas que apoya un seguro social y sistemas de beneficencia. En este mismo documento Juan Pablo describe “la intervención de la autoridad gubernamental” a favor de los indefensos como un “principio elemental de organización política competente,” parte de la enseñanza de la iglesia por un siglo. [13] Más tarde Juan Pablo establece que “uno sólo puede alegrarse” de que “los estados establezcan sistemas de asistencia social para asistir a las familias… y fondos de pensiones para los retirados.” Estos expresan un sentido nacional de “responsabilidad” y “solidaridad.” [14]
Ryan ha invocado el principio de subsidiaridad para justificar la devolución de la administración del Medicaid a los estados, eliminando de esta manera la centralización “en las manos de los burócratas federales.” De la misma manera su presupuesto hace cortes al Medicaid de $750 billones a lo largo de diez años, una política que cortará beneficios médicos a unos 14 a 27 millones de recipientes de Medicaid. [15]
Los contornos más amplios del plan presupuestario reduciría radicalmente el tamaño del gobierno y consecuentemente recortaría fondos para proveedores de redes de asistencia privados y religiosos, así como Catholic Charities que depende de donaciones y contratos federales para la mayoría de sus fondos. Esto falla la obligación positiva de dar la asistencia necesaria bajo el principio de la subsidiaridad.
La visión del Juicio Final en el evangelio de San Mateo es de un juicio sobre las naciones de acuerdo a como han tratado a “los más pequeños.” Esta fue la “medida moral central” que la conferencia episcopal de los Estados Unidos aplicó en su evaluación del presupuesto de Ryan. “Las necesidades de aquellos que están hambrientos y sin hogar, sin trabajo o en la pobreza deben venir primero.” [17]
Tanto Ryan como Rand ven la “dependencia” como el problema más serio que tenemos. De esa manera él describe su interpretación de la opción preferencial como “no mantengan a las personas pobres, no hagan a las personas dependientes del gobierno para que así se queden estancados en su posición en la vida.” [18]
Es obvio que la pobreza no es causada primeramente por unas redes de seguridad del estado demasiado generosa que se convierten, en las palabras de Ryan, en “una hamaca que apacigua a los ciudadanos capacitados a vidas de complacencia y dependencia.” [19] Es mucho más fácil recortar programas del gobierno que ayudar a las personas a salir de la pobreza de tiempo alargado, como lo prueban los resultados mixtos del Acta de Reforma del Welfare del 1996. [20] El presupuesto de Ryan del 2012 alcanza 62% de sus ahorros designados de parte de cortes a programas para individuos y familias de bajo ingreso mientras que corta el tope de la tasa de impuesto marginal y la tasa de impuestos de corporaciones. [21] Es imposible justificar esto como una muestra seria de la opción preferencial por los pobres.
En Caritas in Veritate, el Papa Benedicto XVI ofrece un análisis mas profundo que el que ofrecen los partidos políticos.
Benedicto habla sobre la pérdida en el poder del estado a la luz de la globalización, y hace un llamado para el desarrollo de nuevas maneras de relaciones gubernamentales.
En nuestra época, el Estado se encuentra con el deber de afrontar las limitaciones que pone a su soberanía el nuevo contexto económico-comercial y financiero internacional… [que] ha modificado el poder político de los estados… [Sus poderes] han de ser sabiamente reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos del mundo actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos. [23]
Benedicto continua la enseñanza papal de más de un siglo que el mercado sólo no puede abordar todas las necesidades del bien común:
La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios. [24]
Benedicto ofrece una descripción de la tentación de reducir la red de seguridad social muy parecida al análisis del presupuesto de Ryan:
Desde el punto de vista social, a los sistemas de protección y previsión… les cuesta trabajo, y les costará todavía más en el futuro, lograr sus objetivos de verdadera justicia social dentro de un cuadro de fuerzas profundamente transformado… Consiguientemente, el mercado ha estimulado nuevas formas de competencia entre los estados con el fin de atraer centros productivos de empresas extranjeras… Estos procesos han llevado a la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social. Los sistemas de seguridad social pueden perder la capacidad de cumplir su tarea, tanto en los países pobres, como en los emergentes, e incluso en los ya desarrollados desde hace tiempo. En este punto, las políticas de balance, con los recortes al gasto social, con frecuencia promovidos también por las instituciones financieras internacionales, pueden dejar a los ciudadanos impotentes ante riesgos antiguos y nuevos. [25]
Los retos monumentales con los que se enfrenta la nación clama por la sabiduría completa que ofrece la doctrina social de la iglesia. Vivimos en unos tiempos en los que la indiferencia del pensamiento libertario está ganando legitimidad cultural y poder político. Esta visión de la persona y de la sociedad están fundamentalmente opuestas al evangelio y a los principios de la doctrina social católica. Desacuerdos legítimos con la administración de Obama no debe, por conveniencia política, llevar a la iglesia a editar la plenitud de sus enseñanzas. Como católicos nuestras obligaciones políticas van más allá de escoger un candidato por el que votar. En las palabras de Formando la Conciencia Para Ser Ciudadanos Fieles, “nuestra participación debería ayudar a transformar el partido al que pertenecemos" [26] Más que en otros tiempos, este momento en nuestra historia requiere de la plenitud de la enseñanza de la iglesia. Para ser verdaderamente proféticos la iglesia – los obispos, el clero, y los fieles laicos – deben proclamar la plenitud de su mensaje a todos los partidos, a los movimientos y los poderes.
Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, #1. Texto tomado directamente de la versión en español del documento, disponible en su totalidad en http://www.eje.catholic.net/archivos/compendiodsi.pdf.
Benedicto XVI, Caritas in Veritate, #3, 5. Tomado del texto en español del documento, disponible en http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate_sp.html.
El Catecismo de la Iglesia Católica, #2425. “La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al “comunismo” o “socialismo”. Por otra parte, ha rechazado en la práctica del “capitalismo” el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano. La regulación de la economía por la sola planificación centralizada pervierte en su base los vínculos sociales; su regulación únicamente por la ley de mercado quebranta la justicia social, porque “existen numerosas necesidades humanas que no pueden ser satisfechas por el mercado”. Es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas, según una justa jerarquía de valores y con vistas al bien común.”
“La prevalencia de la pobreza extrema subió súbitamente entre el 1996 y el 2011. Este crecimiento se concentró en aquellos grupos más afectados por la reforma del bienestar del 1996.” “Extreme Poverty in the United States, 1996-2011,” National Poverty Center, Gerald R. Ford School of Public Policy, University of Michigan, February 2012, 4
Firmantes con afiliación institucional para efectos de identificación solamente:
Vincent J. Miller, Gudorf Chair in Catholic Theology and Culture, University of Dayton
Jana Bennett, University of Dayton
Charles Camosy, Fordham University
Meghan Clark, St. John's University
David Cloutier, Mount St. Mary's University
Daniel K. Finn, Professor of Theology and Clemens Professor of Economics and the Liberal Arts, St. John's University, Collegeville, Minnesota
Joseph J. Fahey, Catholic Scholars for Worker Justice
Charles M. A. Clark, Professor of Economics, St. John's University
Charles K. Wilber, Emeritus Professor, Department of Economics, University of Notre Dame
Amata Miller, Professor of Economics, St. Catherine University
David O'Brien, University Professor of Faith and Culture Emeritus, University of Dayton
M. Cathleen Kaveny, John P. Murphy Foundation Professor of Law and Professor of Theology
John Langan, S.J., Joseph Cardinal Bernardin Chair in Catholic Social Thought Kennedy Institute of Ethics Georgetown University
Paul Misner, Marquette University
Thomas Reese, S.J., Woodstock Theological Center
Tobias Winright, Saint Louis University
Bryan N. Massingale, Marquette University
John Sniegocki, Xavier University
Todd Whitmore, University of Notre Dame
Christine Firer Hinze, Fordham University
William A. Barbieri Jr., The Catholic University of America
Dolores R. Leckey, Woodstock Theological Center
Richard R. Gaillardetz, McCarthy Professor of Systematic Theology, Boston College
Alex Mikulich, Jesuit Social Research Institute, Loyola University New Orleans
Susan A. Ross, Loyola University Chicago
William L. Portier, University of Dayton
John Inglis, Chair and Professor, Department of Philosophy, Cross-Appointed to Department of Religious Studies, University of Dayton
Jerry Zurek, Cabrini College
Eugene McCarraher, Villanova University
John Francis Burke, Wolfington Center, Cabrini College
Ronald Pagucco, College of St. Benedict/St. John's University
Una M. Cadegan, Department of History, University of Dayton
Jeannine Hill Fletcher, Fordham University
David L. Coleman, Chaminade University of Honolulu
Anthony B. Smith, Associate Professor, Department of Religious Studies University of Dayton
Prof. Peter Beisheim, Ph.D. Stonehill College
Gerald J. Beyer, Ph.D., Dept. of Theology and Religious Studies, Saint Joseph's University
Paul Lakeland, Fairfield University
Dennis M. Doyle, Ph.D., University of Dayton
Andrew Skotnicki, Manhattan College
James E. Hug, S.J., Center of Concern
Dolores L. Christie, Moral Theologian, Cleveland Ohio
Brian P. Flanagan, Marymount University
Bradford Hinze, Fordham University
Peter Steinfels, University Professor, Fordham University
Alexus McLeod, University of Dayton
Kathleen Maas Weigert, Loyola University Chicago
MT Davila, Andover Newton Theological School
Sidney Callahan, Ph.D Hastings Center
Dr. Elizabeth Johnson, CSJ, Fordham University
Nancy Dallavalle, Associate Professor and Chair, Department of Religious Studies, Fairfield University
Robert Masson, Department of Theology, Marquette University
Rev. Christopher Promis, C.S.Sp. Congregation of the Holy Spirit
Kevin Ahern, Pax Romana-ICMICA Vice President
David DeCosse, Santa Clara University
Rev. Joseph Veneroso, M.M., Maryknoll Fathers & Brothers
Mary Jo Iozzio, Barry University
Terrence W. Tilley, Fordham University
Michael E. Lee, Fordham University
Dana L. Dillon, Providence College
Christopher Pramuk, Xavier University
Joan Kirby, RSCJ
Michele Saracino, Manhattan College
Virginia Ryan, College of the Holy Cross
William M. Shea, Assumption College
Jeffery Nicholas, Department of Philosophy, Providence College
Marcus Mescher, Boston College
Teresa Berger, Yale Divinity School
Fr. Anthony Ruff, OSB, St. John's University, Collegeville
John Merkle, Ph.D., Department of Theology, College of Saint Benedict and Saint John's University, Minnesota
Anthony J. Godzieba, Professor of Theology & Religious Studies, Villanova University
Mark J. Allman, PhD. Merrimack College
Mary C. Boys, Union Theological Seminary
Vincent M. Smiles, Professor of Theology, College of St. Benedict & St. John's University, MN
Amanda Osheim, Loras College
Lois Harr, Campus Minister
Christopher P. Vogt, St. John's University (NY)
Robert DeFina, Villanova University
William Quigley, Loyola University New Orleans
Andria Wisler, Director Program on Justice and Peace Georgetown University
David G. Schultenover, S.J., Marquette University
Dr. Kathleen Deignan, CND Iona College
Fr. Ty Hullinger, St. Anthony of Padua, St. Dominic, and Most Precious Blood Parishes, Baltimore, MD
Regina Pfeiffer, Chaminade University of Honolulu
Gregory J. O'Meara, S.J., Associate Professor Marquette University Law Schoo
John R. Morris, O.P.
Tom Cornell, Catholic Worker
Brian Edward Brown Ph.D. J.D., Professor: Department of Religious Studies Iona College New Rochelle N.Y.
Jean Lim, Theology Department, Xavier University
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Johann M. Vento, Georgian Court University
Francis Schüssler Fiorenza, Harvard Divinity School
Jennifer Beste, College of St. Benedict and St. John's University
Robert M. Doran, S.J., Professor of Theology, Marquette University
Thomas Massaro, SJ. Dean of Jesuit School of Theology of Santa Clara University
David Suter, Saint Martin's University
Joe Holland, St. Thomas University
Richard G. Malloy, S.J, Ph.D. The University of Scranton
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Sandra M. Schneiders, Jesuit School of Theology
Dennis Beach, OSB; St John's University MN
Joseph Falkiner, O.P.
Tom Matyok, The University of North Carolina at Greensboro
Danielle Poe, Department of Philosophy, University of Dayton
Thomas Petersik, PhD, Catholic Scholars for Worker Justice
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Prof. Ian M. Langella, Shippensburg University
Kevin M. Lynch, Ph.D, Central Connectivcut State Univ.
Paul Lubienecki, Case Western Reserve University
Fred Glennon, Le Moyne College
Prof. Sixto J. Garcia
Brian Doyle, Marymount University
Liesl Miller Orenic, Dominican University
Hugh McElwain, Dominican University
John E. Thiel, Professor of Religious Studies, Fairfield University; Past President, Catholic Theological Society of America
William P. George, Ph.D.
Alexander A. Di Lella
Leslie Woodcock Tentler, Department of History, Catholic University
Rev. Raymond G. Decker, Ph.D., Catholic Scholars for Worker Justice; Retired Professor, St. Patrick's Seminary, Menlo Park, CA.; Loyola Law School, Los Angeles
Prof. Margaret Susan Thompson, Syracuse University
Charles T. Strauss, Valparaiso University
MaDonna Thelen, Dominican University
Judy Coode, Maryknoll Office for Global Concerns
J. Milburn Thompson, Ph.D., Professor of Theology, Bellarmine University, Louisville, KY
Loreto Peter Alonzi, II. Dominican University, River Forest
Diane Kennedy, Dominican University
Mickey Sweeney, Dominican University
Philip Gleason, University of Notre Dame, Emeritus
Marcella Hermesdorf, Dominican University
Bernard Evans, St. John's University, Collegeville, MN
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Samuel J. Thomas, PhD, Michigan State University
John Trumpbour, Harvard Law School
James P. Bailey, Department of Theology, Duquesne University
Tom Dickens, Professor of Religous Studies, Siena College
Francis J. Ambrosio, Georgetown University
Alan C. Mitchell, Georgetown University
John F Haught, Georgetown University
Joseph A. McCartin, Georgetown University
Kathleen McNeely, Director- Maryknoll Office for Global Concerns
Elizabeth Collier, Dominican University
Jay P. Dolan Professor Emeritus of History University of Notre Dame
James Walsh SJ, Georgetown University
Nancy Sylvester, IHM, Institute for Communal Contemplation and Dialogue
Rene McGraw, St. John's Abbey, Collegeville, MN
Paul E. Dinter, Ph.D., Manhattan College
Elisabeth Schüssler Fiorenza, Krister Stendahl Professor, Harvard University
Holly J. Grieco, Ph.D. Siena College
Marian Diaz, University of Dayton
Mary Ann Hinsdale, IHM, Ph.D.Associate Professor of Theology, Boston College
Maria Riley, OP
Janet Welsh, OP, McGreal Center of Dominican Historical Studies, Dominican University
Andrew Weigert, University of Notre Dame
Bro. Steven O'Neil, SM, Marianists International
Father Brian Jordan, OFM, Holy Name Province
John A. Coleman S.J., Saint Ignatius Church, San Francisco